Esta fábula que aparece en la imagen que
abre la entrada de esta semana, es de por sí bastante esclarecedora. Nos
muestra muy poéticamente comportamientos que todos hemos tenido alguna vez y
que otros han tenido hacia nosotros.
La envidia.
Esa emoción tan ácida, tan corrosiva, que
seguramente en más de una ocasión has sentido (queramos o no reconocerlo). Unas
veces es como un rayo que nos atraviesa en un segundo ante algo inesperado,
ante un hecho que creemos merecer para nosotros, ese pequeño triunfo que nos hace
sentir muy bien aunque sea un sólo momento fugaz, un logro efímero en muchas
ocasiones.
Otras veces (quizás en un sentido más
patológico), la envidia es una especie de goteo insidioso que permanece y
permanece en nuestro interior; nos amarga, nos hace sentir mal, nos deja
insatisfechos permanentemente por “aquello” que creemos que si no tenemos nunca
estaremos bien, nunca lograremos sentirnos realizados, completos, felices y un
largo etcétera de pequeñas insatisfacciones.
Sentir envidia. Envidiar lo que el otro
tiene, logra, es, dice, hace y que, por ese ínfimo (o eterno) instante, nos
hace sentir incompletos. Carentes de “eso”.
Sin querer llevarlo al extremo, creo que
podríamos reconocernos en alguna de estos ejemplos, ¿o no? ¿Crees que existe,
como se dice comúnmente, la “envidia sana”? ¿Puede ser sano algo que no te hace
sentir bien, o cómodo, o feliz? ¿Crees que en el fondo sentir envidia es una
cuestión de propia inseguridad?
Luna & Alma
